Rodrigo y yo tenemos 5 años de estar juntos. En estos 5 años hemos tenido ups and downs, pero, sobre todo, son años en los que hemos trabajado (y seguimos en la tarea) para unificar nuestra “familia compuesta”. Para nosotros es un work in progress, pero para el ojo externo puede verse como un caso de éxito porque, cada vez que estamos con otra pareja o amigos con familias en la misma situación, nos hacen la pregunta: “¿Cómo lo lograron?”.
¿Cómo hicieron para que tres niños, que no crecieron juntos y que ni siquiera tenían la misma edad, terminaran llevándose bien? La respuesta completa puede tomar un seminario, así que opto por la respuesta corta: con tiempo, paciencia y muchas vacaciones.
Durante los primeros seis meses de nuestra relación, nuestros hijos ni siquiera sabían que el otro existía. Bueno, sabían que nosotros existíamos como seres humanos, pero no que estábamos saliendo. Nos veíamos de noche, cuando estaban con su mamá o con su papá, o en los espacios que las agendas permitían. Antes de introducir a los tres niños en una relación que ellos no habían escogido, queríamos entender si lo nuestro tenía sentido y si realmente valía la pena “alterarles” la vida.
Porque una cosa es comenzar una relación cuando tienes veinte años y otra muy distinta es hacerlo a los cuarenta y tantos, con hijos, horarios escolares, exparejas, trabajo, actividades extracurriculares y calendarios compartidos que parecen una operación militar.
A los seis meses hicimos la primera introducción. No recuerdo exactamente qué les dijimos. No fue amor familiar a primera vista. Tampoco tenía por qué serlo. Al principio eran tres niños con padres que estaban saliendo. Se trataban bien, compartían algunos momentos, pero todavía eran extraños tratando de entender qué papel ocupaba cada uno en esta nueva historia.
Entonces empezamos con las vacaciones. Carnavales, Semana Santa, Navidad, Año Nuevo y cualquier puente que el calendario panameño nos regalara. Tratábamos de coordinar para que, cuando Rodrigo tuviera a Rodriguito, yo también tuviera a Lukas y Mila (que era casi siempre).
Así comenzaron nuestras primeras vacaciones de cinco. Recorrimos Bambito, Boquete, Pedasí, El Valle, Portobelo y otros lugares de Panamá. Pasamos fines de semana de tres días, semanas completas y algunas veces hasta dos semanas juntos. Y ahí comenzó el verdadero family bonding.
Porque cualquiera puede llevarse bien durante un almuerzo de dos horas. Otra cosa muy distinta es compartir una habitación, esperar turno para usar el baño, decidir qué se va a comer, sobrevivir ocho horas en un carro y aceptar que nadie quiere hacer exactamente la misma actividad. Las vacaciones fueron nuestro "experimento familiar".
Ese fue el momento en que entendimos que algo estaba funcionando. Casualmente, durante unas vacaciones de Año Nuevo, Rodrigo y yo nos miramos y dijimos algo como: “Bueno, ya que sobrevivimos estos años, ¿por qué no nos mudamos?”. Quizás no fueron exactamente esas palabras, pero esa fue la idea. Y así, durante el tercer año de nuestra relación, en medio de una vacación, comenzamos a vivir juntos.
Éramos cinco la mayor parte del tiempo. Algunos días faltaba Rodriguito porque estaba con su mamá. Otros días, Lukas y Mila estaban con su papá. Pero, en general, somos una familia de cinco compartiendo una casa, una rutina y todo el caos que viene incluido.
Sin embargo, después de dos años de convivencia, también entendimos algo importante: construir una nueva familia no significa borrar las que existían antes. Por eso tenemos vacaciones tuyas, vacaciones mías y vacaciones nuestras. Las nuestras son las de los cinco. Esos viajes en los que volvemos a compartir habitaciones, comidas, itinerarios y discusiones sobre quién se sienta dónde en el carro.
Pero Rodrigo también tiene vacaciones solo con Rodriguito, y yo tengo las mías sola con Lukas y Mila...
Porque Rodriguito necesita seguir teniendo espacios en los que esté solo con su papá. Igualmente, nosotros necesitamos tener esos momentos en los que seamos solamente Lukas, Mila y yo. Los padrastros, las madrastras y los hermanastros son parte de la familia. Pero las familias originales también necesitan privacidad, tiempo y atención exclusiva. Y, por supuesto, están las vacaciones de Rodrigo y mías porque construir una familia compuesta es trabajo a tiempo completo, pero no puede suplantar la relación que empezó todo: la de pareja. Porque, al final, familia compuesta o no, los niños se van y quedamos como empezamos: solos los 2.
Ahora nuestra dinámica volverá a cambiar. Rodrigo ya se fue a la universidad y estará viviendo fuera de Panamá durante algunos años. Quizás las próximas vacaciones familiares consistan en que nosotros viajemos adonde él esté para volver a reunirnos los cinco. Ya veremos...
En conclusión, no hay fórmula perfecta y seguramente lo que nos sirvió a nosotros no les servirá a otras familias, pero creo que lo más importante es no forzar la foto familiar antes de construir la relación que debe existir detrás de ella.
Primero nos dimos tiempo para conocernos como pareja. Después les dimos tiempo a nuestros hijos para conocerse. Tal vez el secreto de una familia compuesta no está en conseguir que todos hagan todo juntos. Tal vez está en asegurarnos de que cada persona tenga su lugar, su tiempo y la seguridad de que no perdió una familia para poder formar parte de otra más grande.
Love,
Maru
Comentarios
Publicar un comentario